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Una de piratas

Por Tenshys - 19 de Julio, 2006, 17:56, Categoría: Notas Bibliográficas

            El año pasado, leí un libro (novela), escrito por Alberto Vázquez Figueroa, titulado “Piratas”; me gustó mucho, tiene una trama nada complicada de seguir, es muy ilustrativo en su narrativa y debo confesar que lanzó mi imaginación a mundos nuevos solo vistos por mí en “Peter Pan”, “Piratas del Caribe” o “Sinbad <El marino>”.

            Pues bien, ayer miré en The History Channel 2 documentales acerca de los verdaderos piratas de finales del siglo XVII y siglo XVIII y recordé algo que leí en citado libro y que en aquél entonces me pareció interesante, por lo que pensé en colgarlo aquí por si a alguien también le parece interesante y por motivos un poco más egoístas: recordarlo yo cuando lo necesite (si alguna vez eso sucede).

            El punto del que hablo es que hasta que leí la novela del Sr. Vázquez Figueroa siempre creí que “corsario” “pirata” y “bucanero” eran sinónimos (quizá demasiada ignorancia de mi parte y en parte por el mal uso que a veces se le da a nuestro idioma). 

Según el autor:

            “A los corsarios ingleses, franceses y holandeses, que habían recibido de sus respectivas coronas la orden expresa de impedir que España se fuera haciendo cada vez más poderosa a base de recibir oro, perlas, diamantes y esmeraldas de sus riquísimas colonias, lo único que por lógica importaba era cortar el suministro de entrada de tales riquezas, aunque fuera por el expeditivo procedimiento de enviar dichos galeones al fondo del mar, y debido a ello sus victorias fueron sin duda espectaculares, ya que no se trataba de apresar a un enemigo o vencerlo en un combate equilibrado, sino sólo de destruir inermes buques de transporte empleando para ello los mejores navíos de guerra del momento.

            De tanto en tanto, y si la situación resultaba propicia y presentaba escaso riesgo, optaban por apoderarse del botín, pero ésa no constituía en absoluto la misión que les habían encargado sus soberanos al concederles la famosa patente de corso, por lo que, de hecho, un corsario no tenía el menor reparo en hundir toda una flota aunque ello no le reportara provecho alguno, ya que a decir verdad no eran más que una especie de «terroristas de estado» de su tiempo al servicio de intereses puramente políticos.

            Eso hacía que la mayoría de los auténticos piratas los aborrecieran, ya que la destrucción indiscriminada de ingentes riquezas que de otro modo podían favorecer a muchos se les antojaba un estúpido despilfarro y un peligro para la seguridad, opinando, con innegable buen sentido, que todo el oro, la plata o las esmeraldas que fueran a parar al fondo del mar ni siquiera a los peces beneficiaban, mientras que las innumerables vidas que se perdían en tan bárbaros ataques sólo servían para que las autoridades españolas lanzasen al mar nuevos barcos de guerra que combatían por igual al «honrado pirata» que al salvaje corsario.

            Eso no significaba, sin embargo, que de tanto en tanto algunos de los más inescrupulosos de tales piratas decidieran unirse a los corsarios a la hora de enfrentarse a una potente escuadra o asaltar una plaza fuerte, aunque dejando siempre muy claro que si la misión de unos era la de destruir la de los otros seguía siendo la de saquear.

            Con el transcurso del tiempo, y vistas las múltiples ocasiones en que tuvieron lugar tales alianzas, las víctimas, y más tarde los historiadores, olvidaron las diferencias que en un principio separaron a piratas y corsarios, acabando por meterlos a todos en el mismo saco, aunque era, eso sí, un saco cuya sola mención causaba espanto. 

Páginas 26 y 27 (de la edición que yo tengo) 

            “Los que antaño fueran riquísimos trapiches de azúcar que enviaban a la metrópoli toneladas del preciado «oro blanco» que había venido a sustituir ventajosamente al amarillo, cuyas minas se habían agotado, sufrieron tal presión impositiva por parte de las insaciables sanguijuelas de la avariciosa Casa de Contratación de Sevilla, que al fin se declararon en bancarrota y fueron abandonados para que el moho los corrompiese, al tiempo que se dejaban de cultivar los enormes cañaverales que muy pronto se vieron invadidos por ingentes manadas de cerdos salvajes.

            Curiosamente, la ruina del negocio del azúcar propició el nacimiento de una nueva y floreciente industria, ya que pequeños grupos de inmigrantes franceses que se habían establecido en el extremo oeste de la isla descubrieron muy pronto que cazando cerdos salvajes y ahumando su carne en un BUCAAN tal como solían hacer en su patria, se conseguía un producto muy apreciado por los marinos, ya que tenía un sabor delicioso y se conservaba largos meses sin deteriorarse.

            De ahí nació la nueva estirpe de los BUCANIERS o BUCANEROS, hombres rudos, sucios y malolientes que recorrían la agreste geografía dominicana abatiendo bestias que cargaban luego hasta los puertos de una costa a los que acudían todos los navíos de las Antillas.

            No obstante, incapaz de aprender de sus infinitos errores, la siempre avara y estúpida Casa de Contratación decidió una vez más que si los barcos necesitaban carne ahumada tenían la obligación de comprar la agusanada, correosa y costosísima cecina importada por ella misma desde Sevilla, y para librarse de cualquier tipo de competencia envió un ejército al mando de Don Federico de Toledo con orden de expulsar a los sufridos bucaneros.

            El largo e implacable acoso dio como resultado que al cabo del tiempo los bucaneros decidieran hacerse fuertes en el pequeño y agreste islote de La Tortuga, a sólo unas millas al norte de La Española, desde donde realizaban rápidas incursiones de caza en los cañaverales dominicanos retornando de nuevo a su islote, que era adonde acudían ahora los buques a abastecerse.”

Página 97 (de la edición que yo tengo)



Bueno es todo, espero y sirva de algo esta pequeña lección ilustrativa acerca de los piratas.

 

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