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Categoría dedicada a asuntos espirituales bajo los fundamentos de la Santa Iglesia Católica Romana.

JESUCRISTO REY DEL HOGAR

Por Tenshys - 2 de Diciembre, 2007, 17:51, Categoría: Devocionario

Fuente: Catholic.net
Autor: Pedro García, Misionero Claretiano

Jesucristo es el Rey del hogar.

Y comenzamos con una anécdota de hace ya muchos años, pues se remonta a Septiembre de 1907, cuando un sacerdote peruano, el santo misionero Padre Mateo, se presentaba ante el Papa San Pío X, que estaba ante la mesa de su escritorio, entretenido en cortar las hojas de un libro nuevo que acababa de llegarle.

- ¿Qué te ha pasado, hijo mío? Me han dicho que vienes de Francia...

- Sí, Santo Padre. Vengo de la capilla de las apariciones del Sagrado Corazón a Santa Margarita María. Contraje la tuberculosis, y, desahuciado de los médicos, fui a la Capilla a pedir al Sagrado Corazón la gracia de una santa muerte. Nada más me arrodillé, sentí un estremecimiento en todo mi cuerpo. Me sentí curado de repente. Vi que el Sagrado Corazón quería algo de mí. Y he trazado mi plan.

El Papa San Pío X aparentaba escuchar distraído, sin prestar mucha atención a lo que le decía el joven sacerdote, que parecía un poco soñador.

- Santo Padre, vengo a pedir su autorización y su bendición para la empresa que quiero iniciar.

- ¿De qué se trata, pues?

- Quiero lanzarme por todo el mundo predicando una cruzada de amor. Quiero conquistar hogar por hogar para el Sagrado Corazón de Jesús.

Entronizar su imagen en todos los hogares, para que delante de ella se consagren a Él, para que ante ella le recen y le desagravien, para que Jesucristo sea el Rey de la familia. ¿Me lo permite, Santo Padre?

San Pío X era bastante bromista, y seguía cortando las hojas del libro, en aparente distracción. Ahora, sin decir palabra, mueve la cabeza con signo negativo. El Padre Mateo se extraña, y empieza a acongojarse:

- Santo Padre, pero si se trata de... ¿No me lo permite?

- ¡No, hijo mío, no!, sigue ahora el Papa, dirigiéndole una mirada escrutadora y cariñosa, y pronunciando lentamente cada palabra: ¡No te lo permito! Te lo mando, ¿entiendes?... Tienes mandato del Papa, no permiso. ¡Vete, con mi bendición!

A partir de este momento, empezaba la campaña de la Entronización del Corazón de Jesús en los hogares. Fue una llamarada que prendió en todo el mundo. Desde entonces, la imagen o el cuadro del Sagrado Corazón de Jesús ha presidido la vida de innumerables hogares cristianos. Jesucristo, el Rey de Amor, desde su imagen bendita ha acogido súplicas innumerables, ha enjugado torrentes de lágrimas y ha estimulado heroísmos sin cuento.

¿Habrá pasado a la historia esta práctica tan bella? Sobre todo, y aunque prescindamos de la imagen del Sagrado Corazón, ¿dejará de ser Jesucristo el Rey de cada familia?...

Hoy la familia constituye la preocupación mayor de la Iglesia y de toda la sociedad en general.

Porque vemos cómo el matrimonio se tambalea, muchas veces apenas contraído.

El divorcio está a las puertas de muchas parejas todavía jóvenes.

Los hijos no encuentran en la casa el ambiente en que desarrollarse sanamente, lo mismo en el orden físico que en el intelectual y el moral.

Partimos siempre del presupuesto de que la familia es la célula primera de la sociedad. Si esa célula se deteriora viene el temido cáncer, del que de dicen que no es otra cosa sino una célula del cuerpo mal desarrollada.

Esto que pasa en el orden físico, y de ahí tantas muertes producidas por el cáncer, pasa igual en el orden social. El día en que hayamos encontrado el remedio contra esa célula que ya nace mal o ha empezado a deformarse, ese día habremos acabado con la mayor plaga moral que está asolando al mundo.

Todos queremos poner remedio a las situaciones dolorosas de la familia.

Y todos nos empeñamos cada uno con nuestro esfuerzo y con nuestra mucha voluntad en hacer que cada casa llegue a ser un pedacito de cielo.

¿Podemos soñar, desde un principio, en algún medio para evitar los males que se han echado encima de las familias?
¿Podemos soñar en un medio para atraer sobre los hogares todos los bienes?..

¡Pues, claro que sí! Nosotros no nos cansaremos de repetirlo en nuestros mensajes sobre la familia. Este medio es Jesucristo.

Empecemos por meter a Jesucristo en el hogar.
Que Cristo se sienta invitado a él como en la boda de Caná.

Que se meta en la casa con la libertad con que entraba en la de los amigos de Betania.
Que viva en ella como en propia casa, igual que en la suya de Nazaret... Pronto en ese hogar se notará la presencia del divino Huésped y Rey de sus moradores. En el seno de esa familia habrá paz, habrá amor, habrá alegría, habrá honestidad, habrá trabajo, habrá ahorro, habrá esperanza, habrá resignación en la prueba, habrá prosperidad de toda clase.

Jesucristo, Rey universal, ¿no es Rey especialmente de la Familia?... Acogido amorosamente en el hogar, con Él entrarán en la casa todos los bienes....

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Evangelio del 18/11/2006

Por Tenshys - 7 de Abril, 2007, 18:39, Categoría: Devocionario

Parábola del juez corrupto

Fuente: Catholic.net
Autor: P. Clemente González

Lucas 18, 1-8

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos que era preciso orar siempre sin desfallecer, les propuso esta parábola: Había un juez en una ciudad, que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había en aquella ciudad una viuda que, acudiendo a él, le dijo: "¡Hazme justicia contra mi adversario!" Durante mucho tiempo no quiso, pero después se dijo a sí mismo: "Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que no venga continuamente a importunarme." Dijo, pues, el Señor: Oíd lo que dice el juez injusto; y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche, y les hace esperar? Os digo que les hará justicia pronto. Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?


Reflexión


Un mosquito en la noche es capaz de dejarnos sin dormir. Y eso que no hay comparación entre un hombre y un mosquito. Pero en esa batalla, el insecto tiene todas las de ganar. ¿Por qué? Porque, aunque es pequeño, revolotea una y otra vez sobre nuestra cabeza con su agudo y molesto silbido. Si únicamente lo hiciera un momento no le daríamos importancia. Pero lo fastidioso es escucharle así durante horas. Entonces, encendemos la luz, nos levantamos y no descansamos hasta haber resuelto el problema.

Este ejemplo, y el del juez injusto, nos ilustran perfectamente cómo debe ser nuestra oración: insistente, perseverante, continua, hasta que Dios “se moleste” y nos atienda.

Es fácil rezar un día, hacer una petición cuando estamos fervorosos, pero mantener ese contacto espiritual diario cuesta más. Nos cansamos, nos desanimamos, pensamos que lo que hacemos es inútil porque parece que Dios no nos está escuchando. Sin embargo lo hace. Y presta mucha atención, y nos toma en serio porque somos sus hijos. Pero quiere que le insistamos, que vayamos todos los días a llamar a su puerta. Sólo si no nos rendimos nos atenderá y nos concederá lo que le estamos pidiendo desde el fondo de nuestro corazón.

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Evangelio del día: 040207

Por Tenshys - 6 de Febrero, 2007, 23:21, Categoría: Devocionario

Rema mar adentro y echa las redes para la pesca

Fuente: Catholic.net
Autor: P. Sergio A. Córdova

Lucas 5, 1-11

Estaba Jesús en cierta ocasión a orillas del lago de Genesaret, y de repente se juntó un gentío para oír la palabra de Dios. Vio entonces dos barcas a la orilla del lago; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que la separara un poco de tierra. Se sentó y enseñaba a la gente desde la barca. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Rema hacia dentro del lago y echen las redes para pescar». Simón respondió: «Maestro, estuvimos toda la noche intentando pescar, sin conseguir nada; pero, sólo porque tú lo dices, echaré las redes». Lo hicieron y capturaron una gran cantidad de peces. Como las redes se rompían, hicieron señas a sus compañeros de la otra barca para que vinieran a ayudarlos. Vinieron y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se postró a los pies de Jesús diciendo: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador». Pues tanto Pedro como los que estaban con él quedaron asombrados por la cantidad de peces que habían pescado; e igualmente Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús dijo a Simón: «No temas, desde ahora serás pescador de hombres». Y después de arrimar las barcas a tierra, dejaron todo y lo siguieron.

Reflexión

“¡Que Dios es la mar de raro!...” es el título de un libro escrito hace ya algunos años por un sacerdote, pensador y periodista mexicano llamado Antonio Brambila. Y me pareció muy acertado este título para mi reflexión del día de hoy.

El padre Brambila explica en el prólogo de su libro el porqué de ese título. Cuenta que un día, hace ya mucho tiempo, atendía en dirección espiritual a una joven religiosa que estaba pasando por un momento muy difícil en su vocación, uno de esos períodos de desolación y de sequedad espiritual en los que el alma sufre bastante interiormente, pero que Dios nuestro Señor aprovecha, de un modo misterioso, para purificarla y acercarla más a Él. Y el padre le decía que Dios juega a las escondidas con sus hijos, que se les oculta para hacerse desear y buscar; y luego se les manifiesta para volverse a esconder; y que, durante nuestra vida en este mundo, muchas veces nos muestra su amor en forma de castigos que nos desconciertan y nos hacen llorar y sufrir... La religiosa, tras un momento de silencio, concluyó: ¡pues, la verdad, Dios es la mar de raro!”.

Efectivamente, ¡la mar de raro! Rarísimo. Porque Dios es misterioso. Más aún, Él mismo es un misterio que no podemos comprender y en muchísimas ocasiones su modo de actuar nos sorprende, nos confunde y nos “destantea”. ¡Parece ilógico y extraño! Ya el profeta Isaías nos decía que “los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos, ni sus caminos son nuestros caminos” (Is 55, 8).

No entendemos, por ejemplo, por qué Dios permite el sufrimiento, máxime cuando el que sufre es una persona inocente. ¿Por qué el dolor de tanta gente pobre en tantos países del África, de Asia o de América Latina, y muchísimos de ellos a veces sin lo mínimo para subsistir? ¿Por qué tantas injusticias y abusos contra los pobres y débiles? Pensemos en las guerras, en las discriminaciones, en las persecuciones y segregaciones de pueblos enteros a causa del color, la religión, la raza, la cultura o su condición social. ¿Por qué tantos abusos de niños y mujeres, usados para la trata de blancas y un comercio brutalmente indigno y escandaloso? ¿Por qué tantos niños tronchados en el vientre de su propia madre antes de ver la luz del sol?

Tal vez también nosotros tengamos experiencias de sufrimiento en nuestra vida. Es tremendamente doloroso. ¿Por qué Dios permite la enfermedad o la muerte de un ser querido, sobre todo cuando aún es necesaria su presencia en este mundo? ¿Por qué el Señor permite a veces que sintamos el dolor terrible de la depresión, la soledad, la tristeza, el abandono? ¿Por qué ciertos problemas sin resolver, después de tantos años de haber luchado en vano por superarlos? ¿Por qué fracasan a veces los matrimonios, con tanto sufrimiento para la esposa, los hijos, los familiares? ¿Y por qué no se puede rehacer la propia vida con otro hombre o con otra mujer después de haber fallado el primer matrimonio religioso?.... Éstos y muchos otros interrogantes tocan a la puerta de nuestra alma sin encontrar suficientes respuestas.

El evangelio de este día no nos habla sobre el dolor, pero sí nos puede ofrecer alguna luz para tratar de comprenderlo y de aceptarlo.

San Lucas nos presenta hoy la escena de la pesca milagrosa. Nuestro Señor se halla en el lago y, después de predicar, le dice a Simón Pedro que reme mar adentro y que eche las redes para pescar. Simón era un experto pescador –ése era su oficio— y conocía perfectamente los lugares y las horas más oportunas para ello. Él sabía de sobra que se pesca durante la noche porque las aguas están tranquilas y los peces dormidos. Es más, se habían pasado la noche entera bregando ¡y no habían cogido ni un miserable charal! Y ahora llega este Jesús –todavía no conocía bien Pedro a nuestro Señor— y, sin conocer el arte y los gajes del oficio, le dice así, tranquilamente, que eche las redes para pescar…

“¡Pero, Señor –le pudo haber dicho Pedro— no es hora de pesca, ni el lugar ni las condiciones son apropiadas!...”. Y humanamente tenía toda la razón. Cuando se callan las palabras de nuestra propia experiencia, de nuestras previsiones y cálculos humanos (“nos hemos pasado toda la noche bregando”); cuando hemos probado la amargura del fracaso o de la desilusión (“no hemos cogido nada”), entonces puede brotar el milagro: “Pero, en tu nombre echaré las redes”. Esto es lo más maravilloso de todo. Y ya sabemos lo que pasó después.

En realidad, éste fue el verdadero milagro: que Pedro haya creído en Cristo y que, cuando todo era ilógico, adverso y contradictorio para la razón, haya aceptado la orden del Señor y haya obedecido. La pesca sobreabundante y las redes repletas fueron ya sólo una consecuencia. Para nuestro Señor no hay imposibles porque Él es Dios. El único imposible es que nuestra voluntad no quiera adherirse a lo que Él quiere Y el milagro está precisamente aquí.

Si echamos una hojeada a todo el evangelio, nos daremos cuenta de que siempre actúa así nuestro Señor: todos los milagros comienzan con la FE y es la única condición que Él pone para poder actuar. Sólo cuando aceptamos a Jesús con el corazón y doblamos las rodillas de nuestra mente, aunque humanamente no se vea nada, aunque el llanto explote en nuestra garganta y las lágrimas arrasen nuestros ojos, aunque tengamos que esperar contra toda esperanza humana y sangre el corazón… si creemos en Él y lo aceptamos, así como Dios nos visita, ¡es entonces cuando Jesús realiza el milagro!

Pero no es fácil. Necesitamos una fe muy grande. Y la fe es un don de Dios. ¡Pidámosle con humildad ese grandioso don!

Ojalá que también nosotros, como Pedro, creamos en Jesús y obedezcamos su palabra: “¡Rema mar adentro y echa las redes para la pesca!”. Y entonces veremos otro milagro en nuestra vida.



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PECADOS CAPITALES

Por Tenshys - 2 de Febrero, 2007, 18:00, Categoría: Devocionario

El siguiente artículo, lo tomé de "El Heraldo de Chihuahua" en su tiraje del 17 de diciembre del 2006 y de la Sección Verbum Vitae por el P. Roberto Atocha Dorantes.  (Lo he resumido un poco, quitándole algunos párrafos, pero no le he agregado nada, está tal cual aparece el el diario antes citado).


Los pecados capitales de vanagloria o vanidad, envidia, ira, gula y lujuria, no son los más graves de todos, pues son menores que los de herejía, apostasía, desesperación y de odio a Dios; pero sojn los primeros a los que se inclina nuestro corazón y nos conducen a alejarnos de Dios y a otras faltas aún más graves.  El hombre no llega de repente a una perversidad absoluta sino poco a poco.  Examinemos primero, en sí misma, la raíz de los siete pecados capitales.  Todos ellos se originan en el amor desordenado de sí mismo o en el egoísmo, que no nos deja amar a Dios sobre todas las cosas y nos inclina a apartarnos de él.

No sólo es necesario moderar ese amor desordenado o egoísmo, sino que es preciso mortificarlo, para que ocupe su lugar el amor ordenado.  Mientras el pecador en estado de pecado mortal se ama a sí mismo sobre todas las cosas y prácticamente se antepone a Dios, el justo ama a Dios más que a sí y debe además amarse en Dios y por Dios.  Debe amar su cuerpo de tal manera que sirva al alma, en vez de servirle de obstáculo para la vida superior.  Ha de amar su alma conduciéndola a participar eternamente de la vida divina.  Ha de amar su inteligencia y voluntad, de modo que cada vez participen más de la luz y del amor de Dios.  Este es el profundo sentido de la mortificación del egoísmo, del amor propio y de la voluntad propia, opuesta a la voluntad de Dios.  Hay que evitar que la vida descienda y por el contrario, hay que hacer que se eleve hacia Aquél que es fuente de todo  bien y de toda beatitud.

Observa Santo Tomás que los pecados carnales son más vergonzosos que los del espíritu porque nos rebajan al nivel del animal; pero que los del espíritu, los únicos que hay en el demonio, son más graves, porque van directamente contra Dios y nos alejan de él.  La concupiscencia de la carne es el deseo desordanado de lo que es o parece útil a la conservación del individuo o de la especie y de este amor sensual provienen la gula y la lujuria.  La concupiscencia de los ojos es el deseo desordenado de lo que agrada a la vista, del lujo, las riquezas, el dinero que nos procura los bienes terrenales; de ella nace la avaricia.  La soberbia de la vida es el desordenado amor de la propia excelencia y de todo aquello que pueda hacerla resaltar.  El que se deja llevar por la soberbia, termina haciéndose a sí mismo su propio dios como Lucifer.  De aquí se echa de ver la importancia de la humildad, virtud fundamental, como el orgullo es la fuente de todo pecado.  San Gregorio y Santo Tomás enseñan que la soberbia es más que un pecado capital: es la raíz de la cual proceden sobre todo cuatro pecados capitales: vanidad, pereza espiritual, envidia e ira. 

La vanidad es el amor desordenado de alabanzas y de honores; la pereza espiritual se entristece pensando en el trabajo requerido para santificarse; la ira, cuando no es una indignación justificada sino un pecado, es un movimiento desordenado del alma que nos inclina a rechazar violentamente lo que nos desagrada, de dónde siguen las disputas, las injurias y vociferaciones.  Estos pecados capitales, sobre todo la pereza espiritual, la envidia y la ira, engendran pésima tristeza que apesadumbra el alma y son todo lo contrario de la paz espiritual y del gozo que son los frutos de la caridad.  Todos estos gérmenes de muerte debe el hombre no sólo moderar sino mortificar.  La práctica generosa de la mortificación dispone al alma a otra más profunda purificación que Dios mismo realiza, con el fin de destruir totalmente los gérmenes de muerte que todavía subsisten en nuestra sensibilidad y en nuestras facultades superiores.

Por consecuencias del pecado se entiende generalmente las malas inclinaciones que los pecados dejan en nuestro temperamento, aún después de borrados por la absolución.

Los pecados capitales se llaman así porque son como principio de otros muchos; tenemos primero inclinación hacia ellos y, después, por ellos, hacia otras faltas a veces más graves.

Así es como la vanagloria engendra desobedencia, jactancia, hipocresía, disputas, discordia, afán de novedades, pertinacia.  La pereza espiritual conduce al disgusto de las cosas espirituales y del trabajo en la santificación, en razón del esfuerzo que exige y engendra la malicia, el rencor o amargura hacia el prójimo, la pusilanimidad ante el deber, el desaliento, la ceguera espiritual, el olvido de los preceptos, el buscar cosas prohibidas.  Así mismo la envidia o desagrado voluntario del bien ajeno, como si fuese un mal pra nosotros, engendra el odio, la maledicencia, la calumnia, la alegría del mal ajeno y la tristeza por sus triunfos.

La gula y la sensualidad engendran a su vez otros vicios y pueden conducir a la ceguera espiritual, al endurecimiento del corazón, al apego de la vida presente hasta perder la esperanza de la eterna, y al amor de sí propio hasta el odio de Dios, y a la impenitencia final.

Los pecados capitales con frecuencia son mortales.  Pueden existir de una manera muy vulgar y baja, como en muchas almas en pecado mortal o bien pueden existir también, como lo nota San Juan de la Cruz, en un alma en estado de gracia como otras tantas desviaciones de la vida espiritual.

Por eso se habla a veces de la soberbia espiritual, de la gula espiritual, de la sensualidad y de la pereza espiritual.  La soberbia espiritual inclina, por ejemplo, a huir de aquellos que nos dirigen reproches, aún cuando tengan autoridad para ello y nos los dirijan justamente; también puede llevarnos a guardarles cierto rencor en nuestro corazón. 

En cuanto a la gula espiritual, podría hacernos desear consuelos sensibles en la piedad, hasta el punto de buscarnos en ella más a nosotros que al mismo Dios.  Es con el orgullo espiritual, el origen del falso misticismo.  Felizmente, a diferencia de las virtudes, estos vicios no son conexos, es decir, se pueden poseer los unos sin los otros, y muchos son hasta contrarios: así, no es posible ser avaro y pródigo al mismo tiempo.

La enumeración de todos estos tristes frutos del desbordado amor de sí mismo debe llevarnos a hacer un serio examen de conciencia y nos enseña, además, que el terreno de la mortificación es muy extenso, si queremos vivir profunda vida cristiana.

El examen de conciencia, lejos de apartarnos del pensamiento de dios, nos vuelve a Él.  Por esto hemos de repasar cada noche, con humildad y contrición, las faltas cometidas de pensamiento, palabra, obra y omisión.  En el examen se ha de evitar la minuciosa investigación de las más pequeñas faltas, tomadas en su materialidad, pues semejante esfuerzo podría hacernos cae en los escrúpulos y olvidar cosas más importantes.

La vista de nuestros pecados nos hace así comprender, por contraste, el valor de la virtud.  Lo que mejor nos hace comprender cuánto vale la justicia, es el dolor que la injusticia nos produce.

Es necesario que la fealdad de la sensualidad nos revele, por contraste, la hermosura de la pureza que el desorden de la ira y de la envidia nos haga comprender el alto valor de la mansedumbre y de la caridad; que las aberraciones de la soberbia nos ilustren acerca de la alta sabiduría de la humildad.

Pidamos a Dios que nos inspire un santo aborrecimiento del pecado que nos separa de la divina bondad, de la que tantos beneficios hemos recibido y hemos de esperar para lo venidero.

Es imposible amar profundamente la verdad sin detestar la mentira; amar de corazón el bien, y el soberano Bien que es Dios, sin que a la vez detestemos o que nos separa de Dios.

La manera de evitar la soberbia es pensar con frecuencia en las humillaciones del Salvador y pedir a Dios la virtud de la humildad.  Para reprimir la envidia, hemos de rogar por el prójimo, deseándole el mismo bien que para nosotros deseamos.  Aprendamos igualmente a reprimir los movimientos de ira, alejándonos de los objetos que la provocan, y obrando y hablando con dulzura.  Esta mortificación es absolutamente indispensable.  Pensemos que tenemos que salvar nuestra alma y que en nuestro derredor hay mucho bien que hacer, sobre todo en el orden espiritual.  No echemos en olvido que debemos trabajar por el bien eterno de los demás y emplear, para conseguirlo, los medios que el Salvador nos enseñó: la muerte progresiva al pecado, mediante el progreso en las virtudes y sobre todo en el amor de Dios.

REGINALDO GARRIGOU-LAGRANGE, O.P. (Tomado de "Las tres edades de la vida interior).


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Salmo del Extraviado

Por Tenshys - 18 de Noviembre, 2006, 21:09, Categoría: Devocionario

 SALMO DEL EXTRAVIADO

 Por: José Ureña Toledo

              1) ¿Cómo podré satisfacer mi sensualidad y mi amor propio? Porque rara vez mi deseo queda colmado con el goce.

             2) Para pecar, he de cerrar los ojos a una realidad superior: he de poner vendas a mi vista y tapones a mis oídos.

             3) He ganado poco con mis pecados y he perdido mucho: no existe compensación en el goce del pecado para todo lo que he perdido.

             4) El Señor me dio cuanto puede un hombre desear en la Tierra:

             5) se me dio a sí mismo, manifestándose poco a poco en lo íntimo de mi alma, como sol que iba ocupando el centro y donde empezaron a converger todas mis aspiraciones;

             6) y con Él me vino una sabiduría indefinible que me alumbraba y fortificaba en cada ocasión.

             7) Tuve muchos amigos, a los que yo alegraba, y ellos correspondieron con nueva alegría en mi tristeza.

             8) Dios fue retirando la cobardía de mi espíritu, porque Él me fortaleció y animó para nobles empresas; siendo Él mi ideal, cobré un ilimitado atrevimiento en mis acciones. Amarlo cayó como una bendición sobre mi vida.

             9) Gusté la virtud de la prudencia, y la fe iluminó mi corazón.

             10) El Señor me hizo probar las excelencias de  la castidad, presentándome a su Blanca Madre; amé la pura carne de Cristo, y sentí la paz.

             11) Dios me mostró los tesoros de la pobreza cuando se tiene a Él, y, confortado con una confianza audaz, vi y noté su mano bienhechora en los hombres y en las cosas; serenadas mis pasiones, habló al fondo de mi corazón;

             12) Él fue corrigiendo mi carácter, y me descubrió las posibilidades que había en mi si seguía a su lado.

             13) El Espíritu Santo iba renovando mi alma vieja, como renueva la faz de la Tierra.

             14) En suma, el Señor me dio cuanto yo sólo no podía conseguir, e hice cuanto nunca pensé que hubiera hecho, y cada día era para mí un nuevo motivo de júbilo, y hasta el ocaso era para mi el amanecer.

             15) Si yo me humillaba una vez, el Señor me ensalzaba dos. Y me reveló con sencillez la profundidad del corazón humano, y me mostró cuán semejantes somos todos los hombres en el fondo;

             16) comprendiendo mejor a mis hermanos, los adoré más, y valorándolos, los amé más; y no me juzgué locamente como superior a ellos.

             17) Dios me enseñó la más hermosa y verdadera de todas las ciencias, hablándome con palabras siempre convincentes, claras y oportunas al fondo de mi alma;

             18) pues más vale una amonestación suya que las alabanzas de todos los hombres.

             19) Me enseñó a comprender cómo en Él se encuentran encerrados todos los bienes de la Tierra, y qué vanas y frías quedan todas las cosas de las cuales apartamos a Él.

             20) Me puso en guardia contra las apariencias de placer, y me mostró las tinieblas que hay en las luces del mundo, y la luz auténtica que puede haber en la oscuridad exterior.

             21) Me enseñó a distinguir lo verdadero de lo falso y a preferir el bien auténtico aunque se halle oculto, y vi que, lavando el interior del vaso, el exterior quedaba limpio;

            22) y desconfié de las frases ingeniosas para ir a la realidad que contienen;

             23) y comprendí que es preferible una conducta buena, aunque se peque alguna vez de simple, a una conciencia perversa, pero astuta;

             24) pues al fin, Dios revela a los pequeños lo que oculta a los sabios, y en el justo vienen a coincidir todos los tesoros de la ciencia; que de todo es posible arrepentirse menos de haber sido justo y que toda senda es cambiante y movediza menos la que lleva a Dios.

             25) Entendí vivamente que la maldad es necedad y que propio del hombre sabio es ser constante: “Stultus sicut luna mutatur; sapiens in sapientia manet sicut vult”. (El necio es mudable como la luna, pero el sabio permanece firme en su sabiduría).

             26) Una sola gota de sabiduría divina bastaba para alimentar mi alma. Adoraba yo el agua que, una vez bebida, quita la sed para siempre.

             27) Y, siendo muy joven, ya vi la vanidad de los libros, la vanidad del mundo; y en la práctica, comprendí al Sabio y sus sentencias inmortales.

             28) ¡El Señor me dio mucho, pidiéndome muy poco!

             29) Al valorarlo sobre todas las cosas (y estas unas sobre otras, en una escala que se acercaba a Él), supe que no está la cuestión en ocupar una alto cargo en este mundo, si no en hacer cualquier trabajo, por humilde que sea, encaminándolo a Él;

             30) y noté que así las cosas más simples cobraban gran transcendencia, y aprendí a gozarme en lo pequeño y a ser grande siendo insignificante.

             31) Por el contrario, me apercibí de que todas las cosas, por grandes que nos parezcan, están sin Dios huecas y frías y son fuente de tristeza y maldición.

             32) Comprendí cómo la fama es vana por sí sola y aprendí a no desearla, yo que tanto la había ansiado, y a estimar el valor de las cosas en sí por encima de su renombre; y vi que los hechos, y no las palabras, deben mostrar la realidad de nuestro valer.

             33) Siendo parco en hablar de mí mismo y amable con los demás, Dios me hizo feliz.

             34) No despreciando a mis hermanos, sentí lo cálido y profundo de su compañía. Ni a uno solo desestimé; antes bien, estaba persuadido de que todos podían enseñarme algo:

             35) y de éste aprendí la amabilidad; de aquél a conseguir el don de gentes; del otro, la sencillez... y en todos supe ver lo que había de ciencia y virtud.

             36) Nunca me sentí solo. Sin ser enteramente parecido a ningún hombre en particular – pues no hay dos iguales –, el Señor me mostró la posibilidad de expansionarme parte con uno y parte con otro, hablando con cada uno sólo aquello que a Él podía interesar; y advertí que la Humanidad, tomada en su conjunto, es como un mosaico de inmensa variedad.

             37) Entendí al mismo tiempo que lo que importaba era agradar a Dios – en el que se halla toda Variedad y toda Comprensión – y que “de los hombres serás abandonado algún día, quieras o no”;

             38) que el hombre es cambiante, y es una locura depositar la confianza en terreno tan movedizo, aunque se trate del amigo más fiel; y que sólo Dios no defrauda, y permanece.

             39) Supe además que únicamente una cortesía basada en la caridad es subsistente, porque la Caridad es su verdadera raíz.

             40) Antes yo había estado lleno de angustia, ansiando desesperadamente la fama, la admiración de otros y, en general, cumplir mis deseos más vehementes bajo el nombre engañoso de “vocación”.

             41) Ahora el Señor me hizo saber que nuestro criterio para elegir y obrar hemos de ponerlo en el Deber, y que la mayoría de los errores y las locuras provienen del corazón,

             42) el cual es fuente del desasosiego del afeminamiento, de la vanidad, de la inconstancia, de la pereza, de la sensualidad, de la injusticia, de todo pecado, y, finalmente, de la tristeza, que en el fondo es debilidad.

             43) Por eso hallé gran provecho controlando mis sentimientos y notando que no me pedía el Señor que los destruyera; antes bien, me mostró que, encauzándolos debidamente, podían ser un tesoro de vida y santo obrar.

             44) Conforme avanzaba en pureza, iba yo comprendiendo mejor la hermosura de la Virgen Santísima y crecía mi amor hacia Ella. Si antes gusté de la Poesía, ahora advertí que la Virgen era como el supremo Ideal de Belleza creada, como la Poesía misma;

             45) y vi que Dios derramaba sus gracias por medio de Ella, y que en Ella se manifestaba ese esplendor y esa suavidad indefinible que hay en el Dios Santo. Mi corazón calaba en el sentido de las oraciones que la Iglesia dirige a la Madre amable, a la Virgen poderosa, a la Causa de nuestra alegría, a quien es Trono de la Sabiduría.

             46) Ya el Señor me advertía de algún modo cuántas gracias me estaba concediendo; y yo no reparaba en su número y excelencia hasta ahora que las he perdido. Eran tantas, o se manifestaban de tantas formas, que ni las puedo enumerar, y todas me fueron dadas por libre voluntad de Dios, por su misericordia que debe ser eternamente cantada; pues yo no merecí ninguna.

             47) Por cada mísero acto de buena voluntad que tuve, Dios me regaló el céntuplo, y como Sabio Médico, curó en mi los males que yo ignoraba tener y me alumbró con luces cuya existencia no había yo sospechado.

             48) Se metió en mi alma y en mi cuerpo, y como sutil Artífice, fue renovando cada fibra de mi ser. Me dio perfección natural y sobrenatural, llenándome de felicidad.

             49) Me dio en suma cuanto un hombre puede desear en la Tierra, haciéndome ver que no hay alegría fuera de la santidad.

             50) Pero le traicioné cobardemente. Todavía la Gracia, como un Amante obstinado, se negaba a abandonar la mansión de mi alma y continuaba favoreciéndome con su dulce voz.

             51) Pero la mansión fue haciéndose cada vez inhóspita. Como perro que vuelve a su vómito, fui recayendo en mis antiguos pecados, haciéndose cada vez más débil mi voluntad y más exigentes mis vicios. Lo que tanto trabajo me había costado, en poco tiempo lo perdí.

             52) El Señor fue retirándome su ayuda y casi me dejó abandonado a la simple podredumbre que yo soy.

             53) Claramente mostré a Dios mi cobardía. Me probó, y respondí con mi infidelidad.

             54) Después, creo que varias veces he intentado regenerarme. Y me parece que Dios me ha desoído. Y he comprendido cuánto perdí y que sin Él, nada podemos hacer.

             55) ¿Por qué, digo yo, me dio entonces su gracia y ahora no me la vuelve a dar? “Domine, si vis, potes me mundare”: Señor, si quieres, todavía puedes sanarme.

             56) ¡Benditos sean sus juicios desconocidos para el hombre! En los instantes de luz que me permite mi ruinosa fe, advierto que “el bien y el mal, la vida y la muerte, vienen de Dios”.

             57) ¡He perdido tantas cosas! ¿Y hasta cuándo?...

             58) Dios me ha retirado aquel tesoro de fe, dejándome en desesperada oscuridad;

             59) Me ha herido en el cuerpo y en el alma, y ha puesto en mi una mortal tristeza;

             60) Me ha humillado en lo más hondo, y me ha derribado como el cazador a la fiera, quitándome el alegre impulso vital y reduciendo casi a la nada mis aspiraciones en esta vida. Como sin sentido ha dejado mi existencia.

             61) ¿Qué le queda a un hombre por perder después de su esperanza y su alegría?

            62) Hay males más visibles que los míos en los que siquiera cabe hallar comprensión y consuelo. Pero ¿a quién, Dios mío, iré yo para volcarle la intimidad de mi alma? ¿Dónde hallaré consuelo si tú no me lo das?

             63) ¿Qué caminos me quedan si tú me cierras los caminos? ¿De qué me alimentaré si tú no me das el sustento? ¿De qué agua beberé fuera de ti que no esté envenenada?

             64) La lujuria me acosa vivamente, impidiéndome la marcha hacia la santidad;

             65) la impaciencia y el egoísmo me atormentan;

             66) las pasiones me han hecho un esclavo impotente.

             67) Me parece que sólo tengo fuerzas para sentir dolor, y todas las cosas contribuyen a mi mal.

             68) Falto de rumbo y exhausto, me hallo postrado en la soledad del desierto; de mis sendas, huyen los horizontes.

             69) Quiero y no quiero levantarme. Vivo esperando una mano amiga que me ayude a querer, y soy yo el que tengo que querer.

             70) Dudo de la libertad del hombre, de la misma existencia de Dios. Creo y no creo. No sé hasta qué punto debo de ser perverso.

             71) Sólo el recuerdo de esa dichosa época de mi vida pasada en la que viví (relativamente) conforme a la justicia, me hace no caer por completo en la desesperación. ¿Puedo negar que sentí a Dios muy cerca? ¿Puedo negar que noté palpablemente su Providencia? ¿Puedo negar que, por lo menos, la fe en Él me dio los mayores beneficios, aun admitiendo que hubiera sido una fe acerca de un ser inexistente?

             72) Pero todavía pienso: ¿Acaso he sido yo alguna vez justo? ¿No habré exagerado enormemente en la consideración de los bienes obtenidos? Cuando yo creía sentir muy cerca a Dios, casi de una forma material, ¿no era yo con toda seguridad víctima de una imaginación enfermiza?

             73) ¿No pude yo por mí mismo alcanzar lo que alcancé?

             74) Creo que no. ¿En qué época de mi vida he gozado yo de una inteligencia más sana, de una mayor serenidad de juicio, de un mayor acercamiento al común de los hombres que en aquélla? ¿Cuándo pude errar menos veces?

             75) Por tanto, creo que la verdad es ésta: yo hice un poco, y el Señor, con su misericordia y obrando según sus sabios designios, me dio mucho en comparación de lo que hice.

             76) Sea, pues, la gloria para Él. Yo sólo puse mi debilidad y Dios puso lo que en mí hubo de bueno, ya que “su fuerza culmina en la flaqueza”.

             77) Mas ¿por qué el Señor no me vuelve a dar su gracia? Me parece que, sin tener la constancia de antes, he hecho sin embargo algunos esfuerzos mayores que en aquel tiempo para recuperarla.

             78) Pero Dios bien podría responderme con palabras parecidas a las del Salmista:

             79) “Si mi enemigo me ofendiera, ciertamente lo soportaría; mas tú, ¡hombre que aparentabas ser otro yo, mi consejero y mi amigo, que comías a mi mesa regalados manjares...!”.

             80) Es lamentable ver cómo hace ocho años, era yo más hombre, más perfecto que ahora. El Señor me mostró sencillamente lo que, olvidado después, no he visto confirmado sino tras una dura y dolorosa experiencia.

             81) Pues Él hace a los niños viejos en prudencia; y no hay ancianidad honorable más que la fecunda en santas obras.·

             82) ¡Qué bajo he venido a caer! Pero en medio de tanta hojarasca insalubre, todavía me llegan las últimas ondas de la voz de Dios, a quien trato con tan insensata irreverencia:

             83) “Reconoce y advierte cuán mala y amarga cosa es para ti haberte apartado del Señor tu Dios y haber perdido mi temor”. (Jer. 21, 19).

                                                                                                                                  MURCIA, II - 1960 

 · “La verdadera ancianidad es una vida inmaculada”. (Sab. 4, 9), he visto confirmado después

 


FUENTE:  http://www.corazondejesus.net/SALMO%20DEL%20EXTRAVIADO.htm


Me he atrevido a poner este salmo aquí en "Vuelos de mi Ser" ya que al leerlo, me sentí muy identificada con él.  De verdad da pena, que conociendo las infitas gracias que el Señor nos otorga, seamos tan inconstantes en nuestro amor por él.  Y no es que no le amemos es solo que nos olvidamos de ello... o a veces nos avergüenza y nos hace parecer débiles ante el mundo.  Espero que con la lectura asidua de él pueda yo "volver más pronto al rebaño" ya que como dice San Pablo:  "El espíruto está pronto, pero la carne es débil".

H.M.P.

 

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Arcángeles

Por Tenshys - 28 de Junio, 2006, 23:08, Categoría: Devocionario

Arcángeles



       Rafael        Barachiel         Saeltiel           Jehudiel            Uriel          Gabriel                Miguel


San Uriel  Su nombre significa: "Fuego de Dios"

Combate el espíritu de la ira, del odio y de la impaciencia, poniendo en el corazón las virtudes de la dulzura, benignidad, paciencia y mansedumbre. Con la dulzura y la paciencia  vencemos y atamos al espíritu malvado. "Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso a vuestras almas" (Mateo 11,29).

Pedimos a San Uriel, nos libre de caer en la pasión del odio, la ira y la impaciencia, y también nos proteja de personas malvadas, iracundas, nerviosas; y derrame en nuestro corazón y en el alma de los que nos rodean, el Amor, dulce, suave y sereno. (En la iconografía se representa a San Uriel mostrando su pecho y su corazón ardiente de Caridad).

Oración: "San Uriel rodéanos con el Cinturón de Fuego, ven en nuestra ayuda con tu Ejército Celestial. Y enséñanos a vivir y hacer como ha hecho Jesús, aquí en la tierra. Amén".

San Barachiel ó Baraquiel  Su nombre significa: "Bendición de Dios"

Pedimos a San Barachiel, nos proteja de caer en la pereza, la indiferencia a las Cosas Santas, en la mortal tibieza; y liberen a las almas por las que rezamos, o nos rodean, del pecado capital de pereza y la mortal caída en la tibieza e indiferencia.

El celo en el bien es necesario a la santidad, a la dicha, porque "El Reino de los Cielos sufre violencia y tan solo los violentos lo pueden arrebatar" (Mateo 11,12). Y en otro lugar Jesús dice: "No los que dicen Señor, Señor entrarán en el Reino de los Cielos, sino aquellos que hacen la Voluntad de mi Padre que está en los Cielos" (Mateo 7,21). Los tibios son a los ojos de Dios también peores que las almas frías. El Señor dice: "Puesto que no eres ni caliente ni frío, sino tibio, yo comienzo a vomitarte de mi boca" (Apocalipsis 3,16).

Oración: "Santo Arcángel Barachiel, convéncenos con tus ángeles. Ayúdanos a crecer en las buenas obras y en el amor a Dios y a María. Amén".

San Jehudiel   Su Nombre significa: "Alabanza de Dios":

Combate el espíritu de la envidia y de celos.

Pedimos a San Jehudiel, nos impida caer en envidias y celos, que exterminan toda serena paz del alma, y nos proteja de individuos obsesivos por los celos y con la pertinaz maldad de la envidia; y derrame en nuestras almas y en las de las personas que nos rodean, la fidelidad a la Ley de Dios y de la Iglesia, y la Obediencia a las Divinas Disposiciones.

Oración: "Santo Arcángel Jehudiel, fuerte ángel y gran opositor de los espíritus malignos, ven en nuestra ayuda con todo tu ejército angelical. Asístenos en la lucha contra los tremendos ataques del Infierno, que amenazan destruir a la Iglesia. Quita de nuestros corazones toda envidia y haz que el Decreto Divino llegue a ser para nosotros alabanza eterna y viviente en Dios. Amén".

San Saeltiel   Su Nombre significa:  "Plegaria a Dios":

Combate el espíritu de la intemperancia, la gula y del exceso en la bebida. La intemperancia lleva a toda clase de pecados y de delitos. El Salvador nos advierte: "Estén alerta, no sea que se endurezcan sus corazones por los vicios, borracheras y preocupaciones de la vida. No sea que ese día caiga de repente sobre ustedes" (Lucas 21,34).

Pedimos a San Saeltiel nos refrene a nosotros y ponga los límites a las personas de nuestra casa o conocidos o aquellos que deseamos convertir y socorrer con la caridad cristiana: de los vicios, de la embriaguez y el pecado capital de la gula, trocándolo en verdadero Gozo espiritual de vivir en Dios (en clima de Oración, el Estado de Gracia, en Unión con Dios).

Oración: "Santo Arcángel Saeltiel, ayúdanos con tus ángeles, enséñanos a rezar, como el Señor ha rezado y nos ha enseñado a rezar! Amén".

San Rafael   Su Nombre significa:  "Medicina de Dios":

Es el arcángel cercano a los hombres para aliviarlos en su dolor y sufrimiento. 

Oración: Gloriosísimo príncipe San Rafael antorcha dulcísima de los palacios eternos, caudillo de los ejércitos del todopoderoso, emisario de la divinidad, órgano de sus providencias ejecutor de sus ordenes secretario de sus arcanos, recurso universal de todos los hijos de Adán, amigo de tus devotos compañero de los caminantes maestro de la virtud protector de la castidad socorro de los afligidos medico de los enfermos auxilio de los perseguidos, azote de los demonios, tesoro riquísimo de los caudales de Dios. Tu eres ángel santo, uno de aquellos siete nobilísimos espíritus que rodean al trono del altísimo.

Confiados en el grande amor que has manifestado a los hombres te suplicamos humildes nos defiendas de las asechanzas y tentaciones del demonio en todos los pasos y estaciones de nuestra vida, que alejes de nosotros los peligros del alma y cuerpo poniendo freno a nuestras pasiones delincuentes y a los enemigos que nos tiranizan, que derribes en todas partes y principalmente en el mundo católico el cruel monstruo de las herejías y la incredulidad que intenta devorarnos.

Te pedimos también con todo el fervor de nuestro espíritu, hagas se dilate y extienda mas el santo evangelio, con la práctica de la moral.  Que asistas al romano pontífice y a los demás pastores  y concedas unidad en la verdad a las autoridades y magistrados cristianos. 

Por ultimo te suplicamos nos alcances del trono de Dios a Quién tan inmediato asistes, el inestimable don de la gracia, para que por medio de ella seamos un día vuestros perpetuos compañeros en la gloria. Amén.

San Miguel   Su Nombre significa:  "Quién como Dios":

Guardián de los ejércitos cristianos contra los enemigos de la Iglesia y como protector de los cristianos contra los poderes diabólicos, especialmente a la hora de la muerte. San Miguel preside el culto de adoración que se rinde al Altísimo y ofrece a Dios las oraciones de los fieles simbolizadas por el incienso que se eleva ante el altar. La liturgia nos presenta a San Miguel como el que lleva el incienso y esta de pie ante el altar como nuestro intercesor y el portador de las oraciones de la Iglesia ante el Trono de Dios.

San Miguel continua su ministerio angélico en relación a los hombres hasta que nos lleva a través de las puertas celestiales. No solo durante la vida terrenal, San Miguel defiende y protege nuestras almas, el nos asiste de manera especial a la hora de la muerte ya que su oficio es recibir las almas de los elegidos al momento de separarse de su cuerpo.

Oración: "San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla. Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio.  Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y tú Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén."

San Gabriel   Su Nombre significa:  "Mensajero de Dios":

Dios lo ha designado como mensajero en varias ocasiones: (Deuteronomio 8:15-27). El se le apareció a Daniel y le explicó una visión de eventos futuros, diciéndole, "Tú eres un hombre elegido especialmente" (Deuteronomio 9:20-27). En el Nuevo Testamento se le apareció a Zacarías para avisarle que Isabel, su mujer, tendría un hijo al que llamaría Juan (Lucas 1:11-20). De igual manera, fue Gabriel quién se le apareció a María diciéndole que concebiría y daría a luz a un Hijo, a quién pondría por nombre Jesús (Lucas 1:26-38).

Oración: Dios Señor nuestro, imploramos tu clemencia para que habiendo conocido tu Encarnación por el anuncio del arcángel San Gabriel, con el auxilio suyo consigamos también sus beneficios. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén. 

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